El delantero del Molina tomó la decisión de, pese a seguir convaleciente de una rotura total del radio de su brazo izquierdo, quitarse el yeso para estar disponible para esta Copa. Con un vendaje aparatoso y con mucho pundonor, el norteamericano fue decisivo en una nueva conquista de lo grancanarios

A veces cumplir un sueño tiene sus consecuencias. En ocasiones trae consigo riesgos, pero también es una muestra de compromiso. Quizás, el ejemplo de Charles Franklin Baldwin bien pueda servir para definir la palabra compromiso en un diccionario o, en su defecto, la palabra locura. Porque en un arrebato de egoísmo consigo mismo, en un momento de enajenación por la adrenalina que supone acudir a la batalla, Chuck decidió jugarse el tipo por el Molina.

Un mes. Ese es el tiempo que llevaba el norteamericano recuperándose de una rotura del radio de su brazo izquierdo. Con un yeso protegiendo dicha lesión llegó la semana de la Copa del Rey, un momento que el Molina había estado esperando. Eran los anfitriones, los actuales campeones y tenían ante sí una oportunidad única de reválida, algo que Baldwin no quiso perderse.

Haciendo gala de una exacerbada ausencia de miedo, Chuck se quitó el yeso y se preparó para la cita. Las dudas alrededor de su participación estuvieron en el aire toda la semana, siendo el club el primero en reseñarle que no estaban seguros de lo que podía pasar y que un mal golpe, una mala caída, podía aseverar la dolencia del delantero. Era un riesgo que participara.

No obstante, Baldwin no dudó. Estaba dispuesto a todo por ayudar a sus compañeros que, además, habían perdido por el camino a Pawel Zasadny debido a una sanción, por lo que la responsabilidad de estar en la pista tomó un tono más definitivo. De esa manera, con un vendaje especial para la ocasión, Chuck se puso los patines, el casco y dio todo lo que tenía.

Un tanto en la semifinal y dos asistencias decisivas en la gran final fueron la aportación de un jugador que tomó la decisión de descolocar su orden de prioridades por sus compañeros. Se la jugó durante todo el torneo, chocando con rivales, con las vallas y entrando en más de una guerra de sticks, aunque al final todo eso mereció la pena cuando Gio, el capitán, levantó la Copa.

Al final el deporte tiene estas cosas. Hay deportistas especiales y se diferencian del resto por su fuego interno. En ese sentido, el corazón de un campeón se alimenta, precisamente, de esas llamas, de esa necesidad de estar en pleno fragor y no viendo la batalla desde las tan lejanas barreras.

Con el brazo roto y mucho que perder, Baldwin hizo gala de que para cumplir sueños hay que estar dispuesto, en ocasiones, a lo que sea, incluso, a jugarte el tipo. Y esta no es una cuestión que haya que entender, ya que es casi imposible, sino más bien que admirar. No todos son capaces de dejar a un lado el dolor y el miedo para triunfar, y Chuck fue ejemplo de ello en esta Copa.